29-06-2020  |  Noticias y Novedades 864

VIOLINERO.:  DON JUSTO LOPEZ - VIOLINERO DEL MONTE



DOÑA JUANA Y DON JUSTO
Así se los conoce en el pago, y si alguien les pregunta la edad se limitan a responder: “setenta y pico”, que no viene al caso saber si los representan o nó físicamente, ya que a poco que uno llega a su casa y observa sus miradas y escucha sus sentencias sobre las cosas del monte y de la vida advierte que el tiempo y las circunstancias les fueron tallando el alma y el corazón como el viento talla las piedras y las embellece, del mismo modo que el arte embellece la vida.
Es que don Justo López y doña Juana García, han nacido por allí mismo, el primero en el paraje Paraguayo Muerto y doña Juana en otro paraje cercano que el antiguo Regimiento 12 de Caballería de Línea bautizara con el nombre de Fortín Soledad, se conocieron muy jóvenes y pareciera que comparten la vida desde siempre y para siempre en ese apartado paraje del chaco formoseño, como si el creador de todas las cosas ha querido poner allí un par de artistas por aquello de que “donde habita un ser humano habita el arte”.
Esos artistas del alma, de la piel y de la vida que nunca soñaron con multitudes, ni con luces, ni equipos de sonido ni siquiera con escenarios. Porque solo han soñado con tener un violín y un bombo legüero; hasta que sus propias manos parieron esa realidad y nunca mas han dejado de tenerlos allí, tan cálidos, nobles y magníficos como la madera de su factura.
Tampoco han soñado con la gloria, al menos esa que se mide por los reconocimientos masivos, adhesiones multitudinarias y el dinero, porque la verdadera gloria está en el corazón, en el sueño cumplido de arrancarle al instrumento los sonidos de la tierra que los vio nacer, de atrapar los pájaros y pintar el paisaje de su Chaco Impenetrable que los contiene y los integra. Porque cuando doña Juana y don Justo acarician los instrumentos y entrecruzan sus miradas como símbolo de entendimiento de la cadencia y del amor, pareciera que los misterios ancestrales de las entrañas de la tierra se elevan por su piel y florecen por las manos, los dedos y la leve mueca de las sonrisas que produce el gozo de ese momento sublime.
Vale la pena aturdirse en sus silencios y las palabras de sus ojos cuando pulsan sus instrumentos; y quienes tienen ese privilegio, tal vez pocos -muy pocos-, podrán comprender el porqué de la supervivencia de nuestras raíces pese a la brutal arremetida de la cultura globalizada que aturde, confunde y empobrece. Porque allí están los puntales que sostienen nuestra identidad al igual que muchos otros pueblos y parajes del interior profundo de nuestra región.
Viéndolos expresar su arte, todo lo demás será secundario e intrascendente, porque la verdadera gloria de esos artistas superiores está allí mismo, tal vez en recordar e interpretar la antiquísima chacarera “La Taniqueña” creada por un viejo silbador del monte allá por la década del 20 llamado Tanico Justiniano o “La Cisnereña” bautizada así por ser la carta de presentación de otro silbador y violinero del monte de apellido Cisneros, en cada santeada, yerra o alojeada que le tocaba participar y muchas otras “piezas criollas” -como las llaman- con ritmo de triunfo, escondido, gato, palito o zamba que cantaban y bailaban la criollada de esos pagos en el incipiente poblamiento del Territorio Nacional Formosa de fines del siglo XIX y comienzos del XX.


          

DON JUSTO LOPEZ - Chacarera doble

Sigue sonando violín del monte
don Justo Lopez remonta vuelo
desde la tierra de sus ancestros
por el sentido de sus recuerdos

Siempre aliviando junto a su Juana
el tiempo arisco que se le escapa
pero sus manos siguen chairando
las melodías del tiempo i’ ñaupa.

Guarda recuerdos de viejos tiempos
violin hechizo color del monte
bombo legüero caspi zapallo
llevan las voces del viento norta.

Su viejo rancho cobija tibio
la historia viva del Chaco agreste
y los candiles bajo el alero
siguen ardiendo la luz de siempre.

Por los deshechos y las picadas
deambulan notas de sus silbidos
y andan sonando con ritmo antiguo
viejos misterios que no se han ido.

Con el murmullo de los esteros
la luna trenza sus melodías
y allá en los montes del Pilcomayo
los quitilipis buscan guarida.

Hoy llora el monte su silbo agreste
que se ha perdido por los desiertos
pero han dejado su huellas frescas
en los violines de aquellos tiempos.

Beto Aranda – Formosa.






          


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